La forma en que gestionamos los conflictos,  dice mucho de nosotros.

Una de las cosas que nos resulta más difíciles es recibir críticas. Debemos pararnos a pensar cuando algo no ha salido como queríamos, que el hecho de que nos den una opinión, no es una amenaza sino una oportunidad de aprendizaje.

En muchas ocasiones, cuando algo no sale como queremos, lo primero que se siente dañada es nuestra estima. Aquí interviene la autorregulación y nuestro diálogo interno, porque en el momento en que nos ocurre nuestro diálogo interno se dispara y es aquí donde tenemos que pararnos a escuchar qué es lo que nos estamos diciendo.

La autorregulación interna es importante porque nos da la capacidad de frenar ese diálogo interno destructivo que aparece en un primer momento. Para regularnos en este punto debemos parar el diálogo interno negativo y sustituirlo por uno constructivo. Algo más fácil de lo que parece por que solo es cuestión de fuerza de voluntad.

Aceptar críticas de los demás no es fácil, pero está demostrado que las personas que tienen una sana autoestima son capaces de autorregularse rápidamente para pasar de un pensamiento de defensión y negatividad, a un pensamiento constructivo y de cambio.

El tiempo que tardemos en pasar de uno a otro, impactará directamente en nuestros resultados pero sobre todo dirá mucho de nuestra capacidad de adaptación y de flexibilidad ante los cambios.

Es importante tomar conciencia de cómo nos hacemos daño y cómo dañamos las relaciones con ese diálogo interno negativo.

La diferencia entre las personas que tienen una sana autoestima con las que no la tienen radica en este punto. Una persona con una sana autoestima no considera el fallo como algo general a su persona sino como algo puntual a la acción o el hecho, y esto es lo que marca la diferencia. Lo asumen como una oportunidad para mejorar y diseñar un plan de acción para ponerlo en marcha. Es precisamente esa capacidad de aprendizaje las que nos hará ser percibidos por los demás como personas flexibles y seguras.

Pensemos en situaciones en las que nos hemos encontrado ante una acción o hecho que no ha salido como nos hubiera gustado. Analicemos todo el proceso y estrategia mental que ha seguido a esa acción y valoremos si ha sido efectiva o si ha sido destructiva. Dejar de lado el orgullo y ser capaz, desde la objetividad, analizar las consecuencias con objetividad, es donde entra a actuar radicalmente el cerebro cognitivo. Ser capaces de regular las emociones una vez hayamos analizado éstas, para pasar a la acción y a la mejora es lo que nos hace ser emocionalmente inteligentes en la resolución de conflictos.

Cuando una persona nos muestra, a pesar de que no sea de su devoción, que es capaz de aceptar la crítica, nos está mostrando ser una persona emocionalmente inteligente. Muchas veces nos van a dar opiniones con las que nos estemos necesariamente de acuerdo, pero ser capaces de apagar nuestro diálogo interno y escuchar, siempre nos va portar una visión distinta y seguramente muy valiosa. ¿Hasta qué punto nuestro orgullo nos impide escucharlas?

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